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Literatura y YouTube
He revisado el encontronazo en televisión. hacia 1980, de Catherine Ringer con Serge Gainsbourg. Lo primero que se ve allí es a Rita, cantante del dúo Les Rita Mitsouko y moderna de nuevo cuño, sentada junto a un moderno consolidado, el voluble Gainsbourg. No tarda en producirse el previsible choque, tal vez generacional. Ringer, con afán de épater al moderno consolidado, contó que había trabajado en películas porno y fue interrumpida por un despectivo Gainsbourg que le dijo que eso era simplemente hacer de puta y no podía ser más vomitivo. Se atascó un buen rato la conversación ahí, porque Ringer (artista genial que me descubriera Sergi Pàmies el invierno pasado) se negó a aceptar que ser actriz porno fuera repugnante y ella una puta. Gainsbourg insistió en que ser puta era nauseabundo. Ringer dijo entonces que precisamente el asqueroso era él , pero acabó aceptando, con una media sonrisa, que su pasado era repugnante. “De todos modos”, se excusó Ringer, “mi trabajo forma parte de la aventura moderna”. Y ahí es donde se reveló y revolucionó todo, y el momento acabó siendo memorable.
-¡Ah, no! -dijo un exaltado Gainsbourg-. La aventura moderna no es repugnante. Nosotros tenemos ética.
Si Rimbaud en el siglo XIX sembró en Francia la esencia del ser moderno, Gainsbourg, en la misma Francia, señaló el fin del “todo vale”, marcó los límites morales de la vanguardia y dio la primera patada a la modernidad sin ética. Un momento histórico.
‘Dietario voluble’, ENRIQUE VILA-MATAS
Todo lo que no sea amor, no es nada. El resto de temas me interesan muy poco. Y si mi interesan es con el sonido del amor. Con esa música, ya sea con la del amor, el desamor, el intento, la búsqueda, el fracaso… Para mí es la música que suena alrededor de todo lo demás. El amor es como meter la luz en la habitación: una vez que se enciende, puedo ver el resto de las cosas.
(…) lo esencial en el mundo, en nuestro mundo, es el amor.
Oh,
cie
los.
¡Aléjate de la luz, Ray! ¡AntonioGala, sal de su cuerpo!
(…) el amor lo es todo; Es como un cachorro, del que no sabemos si juega o nos devora. Pueden hacernos sangre, pero, si es así, es porque no sabemos de verdad amar. El amor es como un puente elevadizo porque es eterno, pero mientras dura; es el terreno en el que las dos orillas, por opuestas que sean, se confunden, en el que dos seres se encuentran y tienen que hacer un lugar común, un proyecto común de ese puente.
¡Insulina para todos! ¡Yo pago esta ronda!
(Yo ahora me voy a La Central a comprarme unos libros y a sentarme en una terraza al sol a leer y escribir).
Hay que reconocerle a Coupland una magnífica habilidad para escribir telefilmes con cierta pátina de modernidad, ideales para leer en lugar en ver la televisión y sentirse menos sucio. Una tremenda habilidad para trasladar teleseries al papel. Qué listo.
Y habría que aconsejarle que releyera esta novela para descubrir lo que ha pasado con su escritura. Se lo dice uno de sus personajes a otro:
Imagínate que tienes cuarenta años, y de repente se te acerca alguien y te dice: “Hola, me gustaría presentarte a Kevin; tiene dieciocho años y va a tomar todas las decisiones relacionadas con tu vida profesional.” Yo fliparía. ¿Tú no? Pues bien, en eso consiste la vida: un chaval de dieciocho años toma las grandes decisiones que van a condicionar el resto de tu vida.
En eso consiste, me temo, el éxito literario juvenil que te condena. Uf… de la que me he librado.
Primero.
El de Niki Lee y su guitarra en Here Lies Dorothy Parker. Precioso. Todas las canciones/poemas de Dorothy Parker pueden escucharse y descargarse de la web.
Segundo.
El de los barceloneses The not knowing en su MySpace. También pueden escucharse online.
‘Perfiles’, de Djuna Barnes
Gracias por haberme regalado este libro. Estas entrevistas imposibles, medio inventadas, maravillosas, que me leo muy despacio. Un poco cada día, para que no se acabe nunca, para que la sorpresa siga ahí, esperándome.
Para poderme quedar atónito ante los deslumbrantes descubrimientos de la Barnes:
De todo el terciopelo del mundo, Charles Rann Kennedy cortó un par de metros para hacerse un cuello en el que hacer circular nuevos problemas, animados con un poquitín de mostaza.
De toda la arquitectura humana del mundo, tomó para sí la estatura de un hombre que calzaba Romeos de talla ocho. Pero sucumbió al destino, lo cual le proporcionó unos ojos de soñador, una melena de hombre de las cavernas, una sonrisa de humorista, y manos y pies de mujer.
O:
No sé en dónde comienza con exactitud la Buena Sociedad, ni en dónde termina. De todos modos, dondequiera que se halle esa frontera -tanto si es a muchas leguas de nosotros, en alguna remota región del pasado donde yacen apaciblemente nuestros antepasados, o a muchas leguas de nosotros, en un lejano futuro, esperando que los antepasados se sometan o se rebelen-. dondequiera que esté, allí está sentado, con sus largas piernas cruzadas, los brazos doblados sobre un chaleco de maravillosos dibujos, una sonrisa en el rostro, y caído su largo pelo rubio sobre los ojos, Raymond Hitchcock.
Cuánta buena literatura. “Es un libro muy especial”, me dijiste. Lo es. Tenías razón. Otra vez.
Qué complicado explicar por qué aborrezco los proyectos Nocilla, y me gustan los libros de Julián Rodríguez o este de Peio H. -debe de molar ser el padre de Peio: ser el Señor H. suena de puta madre-, tan difícil que no pienso hacerlo. El blog es mío, gratis y escribo lo que quiero. Ea.
De Todo lleva carne me gustan hasta los andares. Me gustan, especialmente, los andares. Conste que yo NO soy una moderna al uso, ni devoto consumidor de literaturas fragmentarias. Tampoco suelo entretenerme revolviendo en cajones de sastre de papel donde todo cabe, basta con que se doble bien o se reduzca a Pedro Ximénez al absurdo. Y conste también que esta semana dedico mis noches a alternar la lectura en la cama de Dickens y Thomas Mann. Pero que de día cargo con libros más ligeros de peso.
Claro que tuve mis reservas con el último estreno de Caballo de Troya (un beso, señor Bértolo). Tanto salto de página a párrafo, tantos fogonazos, frases brillantes, escenas de angustia y pateos al tablero me desconcertaron al principio; me hicieron pensar que era yo escribiendo en vez de yo leyendo (para mí, el mayor problema de estos libros a piezas: que sacan el adicto al Lego que hay en mí hasta que me doy cuenta de que no estoy allí para hacer sino para mirar. Que no soy quien elige los pedazos y los une, sino que tengo que relajarme y disfrutar. Callarme de una puta vez y escuchar, ¡coño!, que me están hablando).
Cuando me volví lector, entonces, fue cuando Todo lleva carne -un título que me encanta y que no puedo evitar asociar con la preciosa antología poética de mi queridísimo Luis Muñoz, Limpiar pescado- me empezó a gustar. Y mucho. A acogerme y, lo mismo que una delicia liofilizada, empezar a esponjarse hasta crecer y hacerse comestible como libro estupendo sobre el que me he pasado pensando toda la mañana. Pensando tanto que ya no creo que haya partes que me gusten más que otras, que no valoro las piezas por separado, ni me apunto versos sueltos. Es un entero. Me gusta así.
Y como El blog es mío, gratis y escribo lo que quiero. Ea, me lanzo incluso a aventurar mi propia sinopsis:
Todo lleva carne es un libro que pone orden, que mira alrededor y a veces al pasado para constatar que todo es una mierda comestible, pero una mierda que su autor tiene que ser capaz de explicarse, ir limpiando a conciencia -de eso abunda en el libro- como su única manera; como otros construyen una cuna de madera a mano, o una gitana pasa las primeras contracciones del parto “fregando los suelos o limpiando lo que fuera para no pensar en ellos”. Como la mejor manera que Peio -el hijo del Señor H.- tiene para preparar la llegada de su primer hijo - “Lucas late”- al mundo. Otro se habría pasado el sábado en LeRoy Merlin eligiendo pinturas de colores pastel y muebles en maderas claras para el dormitorio del chaval. Peio H. se ha pasado la vida escribiendo un libro del que no puede escaparse. Un buen libro.

Que no os cuenten milongas de contracubierta. Ni Freud, ni Jung ni hostias. Esto es una novelita policiaca, y punto. Y que no está del todo mal, también es cierto. Pero es una novelita de culpa, de entretenimiento sin sustancia, incluso un poco alargada sin necesidad, pero un policiaco. Con sus intrigas y sus canesús, pero un policiaco al fin y al cabo. Ni Anagrama ni leches. Si ni siquiera le llega a Patricia Highsmith al mango del martillo, por favor.
¿Entretenida? Un rato. Pero nada del otro jueves. Es más, yo creo que ni la parte que más me gustó, la del análisis del verdadero significado del Ser o No ser de Hamlet, es original del autor. Esa parte me interesó bastante:
Para Hamlet, ser o no ser no es ser o no existir. Es ser o parecer. Esa es la decisión que ha de tomar. Parecer es actuar: fingir, representar un papel. He ahí la solución a todo Hamlet; ahí mismo, delante de las narices de todo el mundo. No ser es parecer, y parecer es actuar. Ser, por lo tanto es “no actuar”. ¡De ahí su parálisis! Hamlet está decidido a no parecer, y eso significa no actuar en absoluto. Si sigue fiel a su decisión , si es, no puede actuar. Pero si decide vengar a su padre, debe actuar: debe decidir parecer en lugar de ser.
Pero porque me faltan referentes para saber quién había expuesto antes esa teoría. Que si no, de qué.
David Foster Wallace se colgó el viernes en su casa.
Learning how to think really means learning how to exercise some control over how and what you think. It means being conscious and aware enough to choose what you pay attention to and to choose how you construct meaning from experience. Because if you cannot exercise this kind of choice in adult life, you will be totally hosed. Think of the old cliché about quote the mind being an excellent servant but a terrible master.
This, like many clichés, so lame and unexciting on the surface, actually expresses a great and terrible truth. It is not the least bit coincidental that adults who commit suicide with firearms almost always shoot themselves in: the head. They shoot the terrible master. And the truth is that most of these suicides are actually dead long before they pull the trigger.
De una conferencia que pronunció en el Kenyon College en 2005.
(Aunque el título original en inglés me gusta muchísimo más: ‘Point to Point Navigation’)
Después de su maravilloso primer tomo de memorias, “Palimpsesto. Una memoria“, Gore Vidal vuelve a acordarse. Lo hace con ochenta años y tras haber enterrado a Howard, con quien había compartido 54 años de amor sin sexo, viajes, casas y Tiempo, y a quien le dedica los pasajes más conmovedores de todo el libro (los recuerdos de su muerte, del progreso de su enfermedad, de lo que sintió tras su ausencia son probablemente lo más conmovedor que ha escrito Vidal nunca).
Sin embargo, Vidal honra a otros muertos: a su padre, a Tennesse Williams, y a miles de cadáveres anónimos que se pudren bajo las aguas o entre cascotes. Gore terminaba sus memorias mientras Nueva Orleans se inundaba en 2004 (…digo, 2005):
Los errores de la administración a la hora de salvar vidas en la ciudad anegada son una prueba más de que cualquier nación militarizada del primer mundo puede derrotar fácilmente a Estados Unidos en una guerra moderna. No estamos preparados para sobrevivir a un ataque serio. La prensa del establishment está llena de excusas. Gracias al altruismo de nuestros líderes, estados como Luisiana y Mississippi han enviado a sus hombres de la Guardia Nacional al extranjero para llevar la la libertad y la democracia a dos países que nos hemos visto obligados a machacar en pedazos para que algún día disfruten de verdadera libertad, etcétera. Ahora el cambio climático está haciendo con nosotros lo mismo que hicimos nosotros con Irak y Afganistán, y lo que estamos planeando hacer con Irán y otros productores de petróleo.
Y esta es una de las mayores grandezas de Vidal. Su capacidad para trascender lo particular, para ir del luto íntimo a la rabia política, para atar cabos y mezclar chismorreos de su memoria con sucesos históricos. Para conservar la lucidez y no permitir que el dolor y la desgana se la arrebaten.
Una hermosa cabeza.

‘Chaperos’ de Dennis Cooper
Había leído en el blog de mi muy querida y respetada Shangay Lily una excelente crítica sobre la última novela de Cooper aliñada con una demoledora (y justísima) diatriba contra la lamentable traducción al español que ha hecho del libro Juan Bonilla. A pesar de eso, no quise esperar a Amazon y me compré la novela en La Central.
No me gusta Dennis Cooper. Había leído varias novelas suyas, y ninguna me interesó lo suficiente, al menos como literatura. Otra cosa es que sus libros funcionen y me revuelvan las tripas. Pero cada vez me interesan menos las creaciones que me apuntan al estómago. No me fío, ni me creo nada en absoluto. Por eso, la escritura de Cooper me dejó tan frío en anteriores ocasiones. Aún así, en parte gracias a la opinión de Shangay y en parte a lo que la novela prometía, me lancé.
De Chaperos me interesaba su estructura y su hipótesis. Su construcción, como foro online, donde entre varios autores se va creando un personaje mítico. La creación colectiva de una mentira. Me decepcionó: no funciona. Tampoco quedé satisfecho con su autopsia del vacío de la brutalidad carnal contemporánea, que a pocas páginas del final aparece explícita:
Yo (y otros antes de mí, hay que reconocer el mérito donde éste se encuentre) habían amputado, emasculado, castrado o depravado a un muchacho de dieciocho años hasta el punto en el que su único valor quedase fijado por la capacidad de su cuerpo para gratificar las ansias sexuales de los hombres y no sólo ese valor quedaba severamente disminuido, sino que él mismo era incapaz de gratificación sexual.
No me interesa esa moralina, lo siento.
Conste, insisto, que Cooper me parece un escritor eficaz. Y que, probablemente, lo esté juzgando injustamente. Que mi problema sea que le exijo a la literatura demasiado y que, no me cabe duda, adoraría a Cooper guionista, director de cine, artista plástico conceptual o cantante de rancheras sadomasoquistas gays. Pero no al narrador.




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