De la primera novela de Belén Gopegui, donde aún sigo a vueltas con el hueco, fascinado, hay una frase que me conmueve por todo lo que no dice, por todo lo que supongo:

Kilómetros amargos y dulces como la mermelada de naranja, su mermelada preferida según dijo una tarde en mi casa -a partir de entonces yo, con la delicadeza excesiva de los indefensos, tuve siempre en el armario del desayuno un bote a su disposición-.

La mermelada de naranja en el armario. Como si ese frasco no se hubiera abierto nunca para pasar después a la nevera. Como un detalle inútil con el ser amado. Como una promesa rota de desayunos juntos. Así, al menos, lo imaginaba yo.

De Una cuestión personal de Kenzaburo Oé, un momento terrible, donde el protagonista, tras algunos meses de evitar el alcohol, vuelve a beber en compañía de una vieja amiga de la universidad. El brindis más triste del mundo:

-De todos modos -dijo Bird y vació su vaso.

-De todos modos.

Son minucias. Tristísimas.


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