Inauguro con estas memorias mi rollo BI (Bodrios Inacabados; tranquilas chicas). Con los dos primeros capítulos -y gracias- de ese horror cursi que pretende, ante todo, dejar claro al mundo, a los fachas y a algún alma cándida como la mía, que una puede llegar a convertirse en gogó ideológica del caspismo nacional después de haber sido la más moderna. Y repelente como ninguna. Que no es incompatible el talento para el insulto con cierta gracia innata para las frases melifluas.
La ciudad era entonces, más que nunca, las Ramblas, estación de ida y vuelta, apeadero y oasis, fulgor y sombra abiertos las veinticuatro horas del día.
Vamos, no me jodas. Gracias a Zeus que FJL tuvo a bien sustituir su febril adicción al sustantivo por su rentable negociete del epíteto. Y qué susto descubrir que este señor es el hijo imposible de un improbable polvo literario entre Antonio Gala y Joaquín Sabina (con Espido Freire de matrona, vestida de vestal y con la cabecita ladeada para la foto).
Eso sí, hay que ver lo que leía el pequeño. Bueno, lo que releía, él ya, a su edad…
(…) me recuerdo releyendo El nacimiento de una contracultura, de Theodor Roszak, gran éxito de la barcelonesa editorial Kairós junto con el California Trip de María José Ragué, y la antología bilingüe de Serge Faucherau Nueva Poesía norteamericana, en Barral. Nada de Marx.
Perdón que me descojone. Yo, el día que escriba mis memorias de juventud, me tengo que acordar de recordarme releyendo algo. El Pronto o el Nuevo Vale. Como poco.
FJL, ese intelectual de izquierdas que fue, además era poeta. No lo digo yo, ni lo he descubierto en estas memorias suyas, sino que él mismo se describe como tal. Y de qué manera, amigos:
(…) a aquel joven poeta que yo era, como al olmo viejo machadiano, algunas hojas verdes le salieron. Sobre todo una hoja que era muy alta, muy amable, muy pirenaica, que mezclaba sin alardes el amor y la piedad, el sexo y la literatura. Y tal vez por esos cuidados de enfermería sentimental, en mi parte más interior y boscosa, brotó otro olmo recto, frágil y con ese aura absurda de inmortalidad que define a la juventud.
La hostia. Conste que el ‘muy pirenaica’ se lo pienso copiar para mis crónicas de moda: ‘una colección muy pinenaica’ me parece una definición perfecta para el próximo desfile de Galliano. Y que lo del olmo recto -me vais a perdonar- a mi me sonó al leerlo talmente a pollón.
Y eso es solo el principio. Luego hay más. Y peor. Pero nos lo podemos ahorrar. No sin antes cerrar esta reseña con otro párrafo que debe servir para que deseemos que el éxito de FJL como agitador de bigotillos vaya a más, y así el señor lo mantenga alejado de un teclado para siempre jamás:
Con la Universidad cerrada, caía sobre mí un aguacero prosaico y melancólico, suburbano sin ciudad, con olor a pasillo de metro, a bar de muchas tapas, a cine de sesión doble, a liebre de cuerda y trapo bajo la lluvia, a la espera de los perros en sus jaulas. En aquel invierno, siempre llovía sobre mojado.
La madre que me parió.




¡Mea culpa, mea culpa!
No solo por llevar el libro a casa, sino por dejarte solo.
Jajajjajajaj, la virgen, me dan ganas de pillar el libro solo para apuntar esas reflexiones que se marca el amigo.
Un saludo.
A favoritos.
Se me ha caído un mito. Tenía a Losantos en el podio de los saineteros, codo con codo con Pemán. En fin, cada día me convenzo más de que la verborrea está reñina con la… ¿graforrea? No hay más que comparar la espasticidad oral cuasi zómbica de un, por ejemplo, Vila-Matas, con su escritura. Al menos, nos queda ESA foto xDDD
¡Jua, jua, jua! La hostia rebendecida. Pero ¿no tiene usted clemencia? ¿No ve que me ya me está chistando la bibliotecaria y me van a anular la media hora de acceso a la Internet? Miedo tenía que meter ese tremendo poeta de la caspisarna recorriendo arriba y abajo la Rambla (fulgor y sombra, como el después y el antes de un buen quitamanchas que se anunciara a la hora en que los disolutos alivian su prerresaca con gélidos espaguetis, perdón) con las hojas muy pirenaicas al viento. Y es que lo único malo de la masturbación es dejar constancia de ella cuando ya sólo es posible el recuerdo.
Gracias por estos momentos de gloria (y que conste que me echan).