Cuentitos. Recuerdos. Algunos en primera y otros en tercera persona con un mismo personaje; el pequeño Roy y sus padres, de camino a alguna parte.

Escritura moderna, dialogada, fragmentada, donde lo importante hay que captarlo al vuelo, asumir que está ahí, que planea. Literatura que obliga a una enorme generosidad hacia el autor. Un libro mediocre que podría haber sido un buen blog (lo que para mí es ya una categoría literaria).

Historietas. Vitales para quien capte la vida en su interior. No para mí.

De la primera novela de Belén Gopegui, donde aún sigo a vueltas con el hueco, fascinado, hay una frase que me conmueve por todo lo que no dice, por todo lo que supongo:

Kilómetros amargos y dulces como la mermelada de naranja, su mermelada preferida según dijo una tarde en mi casa -a partir de entonces yo, con la delicadeza excesiva de los indefensos, tuve siempre en el armario del desayuno un bote a su disposición-.

La mermelada de naranja en el armario. Como si ese frasco no se hubiera abierto nunca para pasar después a la nevera. Como un detalle inútil con el ser amado. Como una promesa rota de desayunos juntos. Así, al menos, lo imaginaba yo.

De Una cuestión personal de Kenzaburo Oé, un momento terrible, donde el protagonista, tras algunos meses de evitar el alcohol, vuelve a beber en compañía de una vieja amiga de la universidad. El brindis más triste del mundo:

-De todos modos -dijo Bird y vació su vaso.

-De todos modos.

Son minucias. Tristísimas.

Durante el mes de agosto, el Lector Ileso se ha aliado con esa gran mamarracha internacional que es Bob Pop y entre los dos, mano a mano, se encargan de la columna diaria LECTURAS DE VERANO en Público.

En septiembre, lo volveremos a tener por aquí.

Tom of Finland

31Jul08

Los marineros de Tom of Finland no son “las alas del amor”, que escribiera Cernuda. Los hombres de Tom of Finland son, más bien, una versión hardcore y sobredimensionada de los que trazaba Lorca en sus dibujitos, una variación hiperrealista de los desnudos masculinos de Cocteau en mutación clembuterólica, o los precursores en blanco y negro de los ceñidos compañeros de Franco Nero en “Querelle”.

Tom of Finland supo cambiar el mito del sexo enfermizo entre hombres aniñados de miradas perdidas y expresión culpable por una visión ultramasculinizada, priápica y gozosa del sexo marica a lo macho. Treinta años antes de que la OMS eliminara la homosexualidad de su lista de trastornos mentales, el finlandés había contribuido con sus dibujos e historias a eliminar el elemento clínico de lo morboso para transformarlo en libérrimo disfrute.

Hasta que sus fantasías a contracorriente – ese cambio de pluma por cuero, de brillo por polvo- se convirtieron en un nuevo estándar; se impusieron en el mercado de abastos gay como un corte de carne de varón con que cebar prejuicios, iconografías y musculoquismos de manual. En un catálogo de formas y actitudes que hoy, cuarenta años más tarde, sigue funcionando como reclamo anunciador de pornografías lenceras, bares especializados, perfumes y machismo capicúa. Como una uniformidad marica de consumo interno, libre de chistes pero también exenta de humor.

Quienes me seguís del 1.0 seguro que os acordáis de cuánto me gustó ‘Píldoras azules’ de Peeters. ¿No? Me gustó mucho. Tanto así:

Píldoras azules” es una historia maravillosa, con un tratamiento conmovedor del amor, del cortejo adulto, del miedo y de todas las sensaciones que nos utilizan como coctelera hiperactiva cuando nos pasa algo en la vida tan desconcertante como es enamorarse - y más aún cuando eso nos sucede tras haber cumplido los 30…

Pues bien, ahora le toca el turno a otro libro del mismo dibujante que recurre a un poli de la secreta como guionista para crear esta trilogía negra -de la que de momento están publicadas sólo las dos primeras entregas que yo devoré en una noche a las tantas- donde muestra las tripas de la burocracia policial, las mafias y la financiación terrorista. Pero no solamente.

El primer volumen comienza con una de las páginas más espectaculares que recuerdo: una progresión que comienza con una vista al detalle de un ramaje hasta irse convirtiendo en una vista aérea de París. Una belleza.

RG, las dos entregas, tiene de todo: polis duros, corruptos, tristes, concienzudos y solitarios. Conmovedoras amistades rudas y amores inconvenientes e interesados.

(Lo mejor de leer comics buenos es cuánto nos enseñan sobre las novelas malas e innecesarias. La gente debería escribir más comics y dejarse de novelas prescindibles. Yo, de hecho, estoy pensando en buscarme un dibujante para empezar una colaboración. Se lo he propuesto a mi maquillador, pero él dice que su trabajo conmigo es más de ocultar mi historia que de ayudarme a contarla. Y creo que tiene razón).

Me encanta esta novela sin relleno, limpísima, veloz, pensativa y nada puta. En cualquiera de sus sentidos. Una novela que es un manifiesto, el de las putas asesinas. Y una declaración de lujuria pura hacia el lector.

Alberto Lema escribe sin ese

“deber de la pareja que sienten que deben sentir las mujeres para no sentirse putas”

como dice en un momento una de sus asesinas. Y lo hace muy bien. Limpia, depura, resuelve sin pudores y plantea excelentes preguntas.

Una delicia.

El cómic que le ha escrito Miguel Gallardo a su hija María es de una belleza conmovedora. Es una declaración enorme de amor, admiración y respeto de un padre por su hija. Autista.

‘María y yo’ es también un apasionante ejercicio literario, una inteligente respuesta al ‘para quién escribo’. Que, en el caso de Miguel y María, se responde con un ‘para quién dibujo’. Para qué. Para asentar un mundo lleno de nombres propios, recuerdos y cascadas de arena. Para que María esté en un libro. Para que la conozcamos. Para que, si Miguel Gallardo escribe alguna vez una segunda parte, estemos seguros de figurar en la página de los agradecimientos. Ser uno de aquellos que no miran a María de mala manera.

Ni a ella ni a Vanesa, de quien todavía me acuerdo de vez en cuando. Mucho al leer este libro. Vanessa también era autista. Su madre y yo trabajábamos juntos, ella me llevaba cada mañana en coche a la oficina y de camino dejábamos a su hija en el colegio. Nos reíamos en el asiento de atrás, cuando estaba de buenas me abrazaba, me daba besos, me pellizcaba y le encantaba jugar con unos monstruos de goma muy feos. Me hacía muy feliz. Fue lo mejor de ese primer trabajo de mierda. Del que, por cierto, me echaron. Por maricón. Hace veinte años de eso. Y aún me acuerdo. De Vanessa.

… es un libro estupendo.

Tengo bastantes, y excelentes, razones para UNO, haberme comprado este libro, DOS, habérmelo leído y TRES, hablar muy bien de él.

Porque soy muy diva del blog de Abel Arana; me encanta el ritmo de sus frases, lo bien que utiliza los tacos y los eufemismos con malísima hostia. Porque alguna vez nos hemos intercambiado corre-e-os y me ha parecido un tipo encantador, divertido y muy generoso.

Porque en los agradecimientos del libro descubrí que tenemos una amiga común, que entre los nombres y apellidos que cita al principio de su novela está el de mi adorada Señora Estupenda. Y eso, me ha hecho muchísima ilusión.

Y porque ‘Historias de Chueca’ tiene muchísima gracia, ninguna pretensión y momentos realmente hilarantes. Porque sale Marta Sánchez en casi todos los capítulos y José Luis Moreno (que es un artista que a Abel le encanta, aunque no se atreva a confesarlo en ningún momento de su novela).

Porque es una historia absurda que me recuerda otra época igual de absurda en mi vida, porque habla de ese templo derruido que fue el Pasapoga y porque me ha recordado esas grandes noches de farra y mucha ginebra cuando bailaba rodeado por musculocas tan puestas hasta las trancas que incluso se dejaban comer la boca ¡por mí! Y eso, a mi persona -que diría Andrés Burguera-, en esa etapa de mi vida, le dio muchísima alegría, muchísimo subidón y unos egotrips de no te menees.

Por todo eso y porque una no puede pasarse todo el día leyendo ‘La montaña mágica’ sin desfallecer. Y menos aún con este calor. Porque no todos los libros sirven para todos los momentos, y porque si buscas desesperadamente un susutituto para esos libros divinos de Jackie Collins que tan bien se leen en la tumbona de la piscina, ese es Abel Arana. Que no es Gide, ni falta que le hace, la verdad.

Inauguro con estas memorias mi rollo BI (Bodrios Inacabados; tranquilas chicas). Con los dos primeros capítulos -y gracias- de ese horror cursi que pretende, ante todo, dejar claro al mundo, a los fachas y a algún alma cándida como la mía, que una puede llegar a convertirse en gogó ideológica del caspismo nacional después de haber sido la más moderna. Y repelente como ninguna. Que no es incompatible el talento para el insulto con cierta gracia innata para las frases melifluas.

La ciudad era entonces, más que nunca, las Ramblas, estación de ida y vuelta, apeadero y oasis, fulgor y sombra abiertos las veinticuatro horas del día.

Vamos, no me jodas. Gracias a Zeus que FJL tuvo a bien sustituir su febril adicción al sustantivo por su rentable negociete del epíteto. Y qué susto descubrir que este señor es el hijo imposible de un improbable polvo literario entre Antonio Gala y Joaquín Sabina (con Espido Freire de matrona, vestida de vestal y con la cabecita ladeada para la foto).

Eso sí, hay que ver lo que leía el pequeño. Bueno, lo que releía, él ya, a su edad…

(…) me recuerdo releyendo El nacimiento de una contracultura, de Theodor Roszak, gran éxito de la barcelonesa editorial Kairós junto con el California Trip de María José Ragué, y la antología bilingüe de Serge Faucherau Nueva Poesía norteamericana, en Barral. Nada de Marx.

Perdón que me descojone. Yo, el día que escriba mis memorias de juventud, me tengo que acordar de recordarme releyendo algo. El Pronto o el Nuevo Vale. Como poco.

FJL, ese intelectual de izquierdas que fue, además era poeta. No lo digo yo, ni lo he descubierto en estas memorias suyas, sino que él mismo se describe como tal. Y de qué manera, amigos:

(…) a aquel joven poeta que yo era, como al olmo viejo machadiano, algunas hojas verdes le salieron. Sobre todo una hoja que era muy alta, muy amable, muy pirenaica, que mezclaba sin alardes el amor y la piedad, el sexo y la literatura. Y tal vez por esos cuidados de enfermería sentimental, en mi parte más interior y boscosa, brotó otro olmo recto, frágil y con ese aura absurda de inmortalidad que define a la juventud.

La hostia. Conste que el ‘muy pirenaica’ se lo pienso copiar para mis crónicas de moda: ‘una colección muy pinenaica’ me parece una definición perfecta para el próximo desfile de Galliano. Y que lo del olmo recto -me vais a perdonar- a mi me sonó al leerlo talmente a pollón.

Y eso es solo el principio. Luego hay más. Y peor. Pero nos lo podemos ahorrar. No sin antes cerrar esta reseña con otro párrafo que debe servir para que deseemos que el éxito de FJL como agitador de bigotillos vaya a más, y así el señor lo mantenga alejado de un teclado para siempre jamás:

Con la Universidad cerrada, caía sobre mí un aguacero prosaico y melancólico, suburbano sin ciudad, con olor a pasillo de metro, a bar de muchas tapas, a cine de sesión doble, a liebre de cuerda y trapo bajo la lluvia, a la espera de los perros en sus jaulas. En aquel invierno, siempre llovía sobre mojado.

La madre que me parió.

Me interesaba su estructura de novela de una sola noche. Porque ‘MANSOS’ -esa novela con la que llevo amenazando tantos años y que voy dejando relegada por dinero y por miedo (dos de los asuntos sobre los que gira mi historia)- también es una novela de una noche llena de fantasmas.

Me apetecía esa promesa de contracubierta “una meditación sobre el mal puro, las impurezas de la memoria”. Nada. Ni por asomo. Me han vuelto a timar.

¿Aburrida? No. ¿Apasionante? Tampoco. ¿Bien hecha? Más o menos.

Aunque, eso sí, bastante mejor que las memorias barcelonesas de Jiménez Losantos que tenía esperando en un estante y que, nada más terminar con ‘Muerte de una asesina’ he empezado a leer. Qué espanto. Y mira que iba yo libre de prejuicios y abierto en canal para lo que fuera. Lo que fuera literatura. Horror. Mañana os cuento.

Ahora mismo, en cuanto termine de escribir esto y le dé al botón de publicar, vuelvo a ‘La montaña mágica’ para limpiarme la cabeza de tanta prosa baratucha a ritmo de celofán.